Reseña: La ciudad de la torre Eiffel de Jorge Riestra

Por Herminda Azcuénaga de Puchet

París nunca se fue. Sitio inevitable, por momentos incuestionable, de la cultura argentina. Lugar de recreo y evasión, refugio y creación. Las utopías del siglo XX se consuman en una fábula de la escapatoria. Riestra anticipó las dinámicas que, más tarde, usurparían la historia con crueldad o excesos de prudencia. Los libros de Riestra vuelven, y traen a París. 


París, ciudad refugio. Paraíso inventado, ciudad ilustre que labró el imaginario de los letrados del Plata, que hizo la utopía del siglo XIX. Aunque ahora de París llegan imágenes de humo, corridas, calles invadidas, protestas, represión policial, socialistas que aplican reformas laborales, noches que se ponen en pie, asambleas que se multiplican y meses que se estiran interminables. Pero fue evaporación señera, ilusión preciosa en el Río de la Plata. Faro de la inteligencia, lugar de escape.

Los niños vienen de París en la Argentina eurocéntrica. Los exiliados del rosismo soñaban con París en Montevideo. Las élites culturales de principio de siglo viajaban a París como sello de refinamiento y distinción. De París hablaba la revista Sur. París era el sueño de los conspiradores contra el régimen zoológico. París, la de los libros que renegaban de la autoctonía de las alpargatas. París de flaneurs y cafetines, de tertulias, de poesía en sí misma. Desde ese punto de vista, no es raro que Riestra elija París para narrar su utopía de evasión, el sueño de nuevo mundo que se describe en La ciudad de la Torre Eiffel, uno de los textos del autor rosarino que recuperó la UNR Editora.

A París había que ir, lugar de las letras y la creación. Los literatos dialogaban de París, pensaban en París. El propio Riestra visitaba París, viaje promocional del escritor argentino. Montparnasse, los Champs Élysées, Père Lachaise, la Sorbonne, sitiales iniciáticos de la alta cultura, del gusto elegante, de la sabia tradición. Francia, cuna de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Franceses eran los barcos que traían los libros, que llevaban a los exiliados escapando de la tiranía y la barbarie. Los que se ponían a salvo. De Buenos Aires había que irse, el salvajismo arruinaba los proyectos de la perla del sur. Lo siguió haciendo, a su modo y con sus temporalidades, durante la primera mitad del siglo XX, por lo menos. París también fue asilo de los que escaparon de las mazorcas liberales de la última dictadura. La historia de la cultura nacional no es sin París. La escritura nacional, o argentina, se trabajó con París como elemento o figura o retractación. Pero la novela de Riestra está escrita desde Argentina, su pampa exhausta, proveedora, rebajada ante ese mundo de luces y esplendores. Esas discontinuidades y contrastes hacen de la fuerza fantástica, escapatoria para los turistas que suben a la torre y deciden no bajar.

A París se iba en busca del resplandor bohemio, la celestial inspiración, el hacerse artista e intelectual del siglo XX. Cortázar, Saer, Copi, Pizarnik, los nombres huelgan, hubo infinitas experiencias de París, del alejamiento. París es un lugar perdido donde se encuentra Argentina. Pensando en París, los expatriados esperaban, conspiraban, escribían. Riestra guionó una fábula acelerada de la francofilia argentina. En La ciudad de la Torre Eiffel no hay argentinos. Tampoco líderes, pero sí nacionalidades. Siempre está París, pero nunca se la captura, alcanza, domestica. La ciudad es de otros.

El sueño parisino, la reconversión de la mole de fierros incrustada en el centro de la ciudad, rodeada por los parques, por la convulsión odiosa de la metrópolis. La segunda guerra mundial recién se iba y Riestra imagina una ciudad improvisada en lo alto de la torre fundada por visitantes. Una ciudad de evadidos: se van de la modernidad asfixiante, del agobio urbano, de la decadencia de los valores recuperados tras la masacre y las muertes. Los que llegan a París, conocen y se quedan. Pero están en lo alto de la torre: ahí las palabras «poema», «sosiego», «confianza» y «alegría» suenan con otro tono, parecen pan crocante. Ahí parece que no hubo guerra. Pero la guerra estuvo, y por eso tuvieron que subir a la torre. El marfil de la imaginería erudita es reemplazado por los arduos hierros de la arquitectura.

Entre el humor y la nostalgia, el texto de Riestra recoge las fantasías salvadoras de la Argentina ilustrada y la presenta en un escenario de confusión. Leídas en el contexto actual, es una curiosa semblanza de la deformación de las utopías que surcaron la última parte del siglo pasado. También del ideario que nació contestatario y transcurrió entre frustraciones hasta terminar asimilado como base de los nuevos modos de gobierno. Utopía libertaria, decantación en dominación. El afán innovador, la creatividad, la liberalidad, flexibilidad y apertura infinita dieron sustento a eso otro que se consolidaba durante los años 60 y 70, detrás de la mitología de las juventudes rebeldes, las drogas, el sexo libre y el estallido de creatividad empoderada. Los deseos de poner la imaginación en el poder dieron paso a que el poder se apropiara de la imaginación.

Las nouvelles reunidas en la edición de la UNR Editora (La ciudad de la torre Eiffel y Silencio, soledad) son dos reflexiones previas a que todo sucediera. En ese sentido, podrían ser distópicas. Pero no hay deformación ni malformación: es la pura esperanza que cae por su propio peso. Los habitantes de la Torre, como los protagonistas de Silencio, soledad, no tuvieron un para qué. Abrieron el campo del quizá, para que lo aprovecharan otros.

París, utopía americana

En la nueva ciudad, no hay nada por hacer. Desde afuera intentan designar el fenómeno: hablan en América del Norte, en Inglaterra y en los países del Este. «El exotismo no es un remedio, sino una droga», opinan en América del Sur. «París, genio y figura…», se elogió a sí mismo París. Lentamente, los emigrados se ven rodeados. Generan simpatía, pero están solos. La mágica comunión con el cielo, el horizonte y las palomas, no fue garantía de supervivencia. No los venció la ambición y la codicia, sino el letargo. La ilusión de montar una ciudad autónoma en la torre, se desvanece lentamente, casi sin que la fuercen. Duró tan poco como el sitio de la Comuna, en 1871. ¿Hay una pregunta por las posibilidades de lo común en el texto de Riestra? Antes, parece haber insinuaciones, instintos de un fracaso.

El personaje del ascensorista, que vuelve solo después de cada viaje, es el único que conoce el destino. Parecería ser el más desconcertado, enojado, impotente, insultante, confabulador: no logra identificar las intenciones de esos turistas que deciden quedarse en lo alto. Las costumbres son sospechosas. «Yo estaré siempre del lado de la razón», dice. Es inevitable el final: París sigue ahí, con sus autoridades, sus influencias. No importa la tergiversación de los periodistas que llegan para cubrir ese fenómeno. Los lleva hasta lo alto y señala a los visitantes. No son usurpadores, están ahí de paso. Todo, más temprano que tarde, va a terminar.

Como en Silencio, soledad, París es una imaginería. Lucrecia no puede evitar pensar en ella. Adolfo intenta reemplazarla. Nunca está. En este texto, París es una ilusión siempre lejana. Los protagonistas se van a la costa para escapar del sonido de la ciudad. No pueden llegar a París, término necesario del deseo liberador, de la vida buena. Por eso huyen hacia los márgenes, los confines últimos, el espacio del mar que se abre hasta París. La Almejita, valva íntima, perla valiosa, es el nombre de la cabaña en la que se alojan. La utopía, en este caso, nunca cobra una existencia medianamente perdurable. Necesitaban París, no el mar.

París lo arruina todo. Había sido una fiesta, hubo ocupación y liberación, otra vez las viejas proclamas, los nombres lúcidos de los siglos anteriores, las bellas prosas, la alta poesía, la vida del goce y la belleza. Pero nadie está en París. Asilarse en la escapatoria, encontrar la soledad, rodearse del silencio, termina por ser una cáscara de nuez en medio del páramo. Más acogedor que los departamentos de la ciudad, pero no es París. Ella se va –regresa– y lo deja solo, porque siempre quiso París. Adolfo, sacerdote del nuevo culto, continúa en el mar. Se queda, porfiado. El amante perfecto está obligado a adoptar el perfil de un monje en retiro.

La vida de un siglo

La vida, un problema. Vivirla, a fin de cuentas. La torre Eiffel se convierte en un árbol. En las ramas se posan los desposeídos, son pájaros que intentan fugarse de las jaulas inventando la suya propia. Homais, el servil empleado del ascensor, el que sube y baja metódicamente, no es un traidor. Es el que conoce la fatalidad de esa experiencia aislada. La mercantilzación, la burocracia y los intereses políticos se elevan porque ya estaban. La torre es de París, no a la inversa. Riestra elige 1989 como momento de la fundación de la ciudad encimada. Escribe las novelas entre 1957 y 1958. Los sesenta están anticipándose, el precipicio se abre antes. Riestra lo nombra con cuidado y en la ciudad «nada había cambiado».

Las novelas fueron editadas juntas y forman una totalidad: son algunas de las utopías que París dejó en el camino del siglo XX. Son utopías americanas, sin embargo. La comunidad de la torre se anticipa a las oleadas de beats y de hippies que emergieron en la postguerra. Pero no hay espesura filosófica en los habitantes de la ciudad de la torre. Están ahí como esperando, simplemente para salirse. No hay líderes, no hay alcalde. Los visitantes se sorprenden, no pueden comprender e inventan el relato de la experiencia según sus principios. Designan roles y crean personajes. Hay contraste entre el lenguaje moderno de la ciudad vieja  y los modos novedosos de organización y horizontalidad que pregonan los habitantes de la torre. El belga, serio, imponente, es elegido como líder, aunque él lo niegue una y otra vez ante los interrogatorios. Eso no importa, los diarios darán su versión. Las autoridades, advertidas, iniciarán las negociaciones. La experiencia se extendió sin éxito hacia otras ciudades. París imantando, París irradiando. El sueño de evasión en lo alto de la torre, pronto, se desmoronará. La utopía, sin potencia constituyente, termina absorbida por la gran ciudad. París se devora a sus propios hijos.

El monstruo de fierros retorcidos, la materialización simbólica del progreso técnico y el esplendor racional, la gobernanza hecha monumento majestuoso, termina invadida por turistas que pretenden instalar una vida de sosiego. Mirar desde arriba, mientras el mundo se viene abajo. La parábola de Riestra es una semblanza de las expectativas del mayo francés que fueron a parar como nutrientes renovadores de las teorías, técnicas y prácticas del capitalismo. El mayo parisino devino revitalización del sistema decrépito que atacaba.

Las novelas, con París como trasfondo, son visiones introspectivas de los personajes. Sin demasiados dilemas psicológicos, con puntería acomodada y austera, Riestra desmenuza las ilusiones románticas a las que la decadencia del siglo daba forma y que finalizarían en un ritual tan decadente como el que las engendraba. «Y los hombres de la Ciudad bajaron a la tierra. Mientras bajaban, una compañía de ingenieros del ejército subía para podar el árbol, para desmantelar la Torre, para impedir la resurrección de cualquier posible esperanza». El sueño parisino, la expansión de posibilidades abiertas, terminó en manos de los enemigos. La novedad al servicio del orden: un nuevo ordenamiento. Como en Silencio, soledad, Adolfo recupera su ánimo al escuchar el motor de la heladera. Ruido de ciudad, y tiene que volver. París termina, esto nunca dejó de ser Argentina.

Reseña de Herminda Azcuénaga de Puchet de La ciudad de la torre Eiffel (UNR Editora 2016) por El Corán y el Termotanque.

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