Reseña: Chechechela de Mirko Buchin

Por Beatriz Vignoli

Publicada a comienzos de los 70 por la editorial española Barral y en 1992 por Krass, la novela terminó convirtiéndose en una perla de las mesas de saldos. Este relanzamiento permite reencontrarse con una obra de cultura de masas.

A comienzos de la década del setenta, el dramaturgo, actor y director teatral rosarino Mirko Buchin (nacido en 1932) logró lo que parecía imposible: publicar una novela en Barral Editores. Incluso podría haber ganado el prestigioso concurso literario que organizaba esa editorial ibérica, pero la extensión de su envío al concurso no se adecuaba a lo estipulado en las bases. Ya en este desajuste con la regulación del decir, se impone Chechechela como una novela femenina, donde la voz de la narradora protagonista sostiene todo el relato.

“Un gran relato. Un personaje irresistiblemente atractivo”, se leía en la faja de la primera edición en 1971. Aquel diseño a rayas horizontales que evocaban persianas (¿los visillos tras los cuales murmurarían las comadres ante el menor paso en falso?) es homenajeado en la tercera edición, bien reciente, por la colección Confingere de UNR Editora. En lugar de la modelo vestida (a rayas) hay curvas que sugieren una maja desnuda y el fondo sigue siendo un vibrante naranja. La ilustración es un xilocollage de Mariana Buchin, hija del autor. En pleno “destape”, en 1986, el libro devino película (“Con más de tres, no es de chica decente”; “¿Te enteraste? ¡Se casa la Picchio!”, decían la caja del VHS llena de spoilers y el trailer del filme protagonizado por Ana María Picchio). En 1992, hubo una segunda edición por Krass.

Chechechela era una perla rara de las mesas de saldos en 2010, cuando Andrea Ocampo la comentó por Radio Universidad: “Uno termina de leer el libro y le parece que conoció a alguien”, dijo. Admitió que se reconocía en ese “personaje que está muy cerca de ser una persona”. En su elocuente prólogo a la nueva edición, Emilio Bellon la sitúa en la “novela de la cultura de masas” junto a las dos primeras novelas de Manuel Puig, publicadas a fines de los ’60, y señala que Buchin puso en escena obras del dramaturgo coloquialista Florencio Sánchez.

Celia, alias Chela, alias Chechechela, es “una chica de barrio” que vive con su madre, en una ciudad de provincia reconocible como Rosario. Trabaja en una zapatería, consigue novio y logra seducir a dos pretendientes más. Con cualquiera de los tres podría casarse, sueño que de hecho ha concretado porque al comienzo de la novela ella está caminando rumbo al altar. Pero no se sabe del brazo de quién, y en una atrapante ida y vuelta de raccontos este enigma logra mantener el suspenso hasta la última página, la 135. Todo esto es contado en la lengua coloquial de la clase popular de su época, a través del monólogo íntimo de un tipo de mujer con el que la dictadura arrasará.

Moderna pero discreta, “sin un peso” pero seductora, atenta al qué dirán, dueña de un saber secreto sobre el deseo masculino y sobre qué es ser mujer aunque nada de su discurso caiga del lado del pensar, Chechechela encarna a “la” mujer que les falta a esos tres “che”.

Con picardía, ingenio popular y humor de comedia, Chechechela habla y habla; se mete bajo la piel. Sus adjetivos: “regia”, “loca”, “impresionante”. Su éxito en su mundo social depende de que encuentre “un muchacho bueno y serio” para poder decir “me casé de blanco y sin panza”. En su mundo hay honradez y grosería, mezclados; hay boludas y “avivados”, y hay que saber “hacerse la burra”; hay hombres, que se completan al tener mujer, y hay mujeres, que triunfan en la vida al cumplir esa función. No es un pasado lejano, pero parece otro planeta.

Reseña de Beatriz Vignoli sobre Chechechela (UNR Editora 2016) en Pagina 12.

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